Una tarde tibia de jueves me encuentra en la esquina suroeste del Parque Nacional.
La escultura roja que custodia la entrada parece un faro silencioso en medio de la ciudad. Sobre las copas de los árboles, dos Crimson-fronted Parakeets juegan entre las ramas con sus chillidos agudos, mientras abajo una White-winged Dove picotea tranquila el césped. Los Great-tailed Grackles, siempre atentos al movimiento humano, avanzan a saltitos como si fueran los verdaderos dueños del parque.
Son las cuatro y media de la tarde y el parque está casi vacío. Un par de personas pasea a sus perros bajo la sombra de los árboles. De vez en cuando alguien lo atraviesa con paso rápido, seguramente saliendo del trabajo y cortando camino desde la estación del tren.
La ciudad está cerca, pero aquí se oye otra cosa: hojas moviéndose, alas batiendo, trinos que se mezclan con el viento.
CENAC y Biblioteca Nacional
Salgo del parque y cruzo hacia el noroeste, bordeando las tapias de la antigua Fábrica Nacional de Licores, hoy Centro Nacional de la Cultura.
Entre el CENAC y la Biblioteca Nacional aparece una callecita que parece sacada de otra época. Murales grafiti cubren algunas paredes y los almendros de la acera están llenos de pericos.
Los Crimson-fronted Parakeets vuelan de un árbol a otro, gritando entre los edificios como si la ciudad entera fuera su bosque.
En el borde de la calle, varios Great-tailed Grackles buscan restos invisibles en el suelo. Por un momento su canto me engaña y pienso en tordos cantores, pero no: son los de siempre, los ruidosos habitantes de San José.
Las casas alrededor conservan rasgos de otra época. Balcones largos, madera envejecida, hierro forjado. Una mezcla extraña entre lo gótico y lo victoriano que parece resistir silenciosamente el paso del tiempo.
Al final de la cuadra encuentro unas escaleras de piedra que suben entre dos edificios. No parecen pertenecer a ninguna casa específica. Más bien dan acceso a un pequeño conjunto escondido en lo alto.
Mientras las observo, pasa el tren. El sonido metálico de los rieles atraviesa la calle como un recordatorio de que la ciudad sigue en movimiento.
Café Mundo
Al continuar hacia el norte aparece Café Mundo, uno de esos lugares que parecen haber estado siempre ahí.
La fachada verde, rodeada de bambú y árboles grandes, tiene algo de refugio bohemio. Es fácil imaginar conversaciones largas, libros abiertos y vasos de vino en la terraza.
Sobre el cableado de la esquina se posa un Tropical Kingbird. Hace su chasquido característico. Es el tercero del recorrido.
Un Blue-and-white Swallow pasa cortando el aire en una curva rápida, mientras otra White-winged Dove observa tranquila desde un almendro.
A lo lejos se asoma el nuevo edificio de la Asamblea Legislativa. Un bloque gris enorme que parece una caja de leche gigante. Casi sin ventanas.
La comparación me hace sonreír. En ese momento, un grupo de pericos pasa volando sobre el café, llenando el aire con su ruido verde.
El antiguo zoológico
Llego finalmente a las rejas del antiguo Parque Zoológico Simón Bolívar.
El portón está cerrado. Detrás se extiende un jardín casi salvaje.
Un árbol enorme domina la entrada. Las lianas cuelgan desde sus ramas y el aire huele a humedad. La lluvia parece estar cerca.
Un Rufous-tailed Hummingbird aparece frente a mí, suspendido en el aire como una chispa verde y roja.
Mientras observo hacia el interior del parque veo movimiento entre la vegetación. Tres Gray-cowled Wood-Rails caminan junto a un pequeño charco. Chirincocas.
Nunca imaginé ver varias juntas en pleno centro de San José.
Entre las ramas aparece también un Clay-colored Thrush, nuestro yigüirro. Busca lombrices en la tierra húmeda.
El antiguo zoológico, pienso, parece estar volviendo poco a poco a ser bosque.
Lluvia
La lluvia llega sin aviso. Primero unas gotas, luego el aguacero completo.
Mientras regreso por las mismas calles, empapado, escucho el canto insistente de un House Wren escondido en algún arbusto. Pequeño, invisible, pero imposible de ignorar.
Paso otra vez frente al Centro de Cine, bajo la araucaria que ahora gotea lluvia. Café Mundo comienza a encender sus luces. La ciudad se vuelve más lenta bajo el agua.
Cuando regreso al Parque Nacional el aguacero empieza a calmar. La escultura roja sigue ahí. Los árboles también. Y en algún lugar de las copas, todavía se escuchan los pericos.
San José, incluso en medio del concreto, sigue teniendo alas.
Esta caminata es un intento de recorrer la ciudad con la misma atención con la que se recorre un bosque: observando aves, arquitectura, sonidos y momentos.
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