365 días de pajareo diario en Costa Rica
Este texto marca el cierre de mi primer año de pajareo diario. Durante 365 días salí a observar aves sin faltar un solo día. Lo que empezó como un reto personal terminó convirtiéndose en una forma distinta de mirar el mundo. Este ensayo intenta recoger algunas de las reflexiones que nacieron de esa experiencia.
Podría ser que la observación de aves sea un acto de contemplación ocasional, algo que se hace cuando hay tiempo, luz, clima, ganas. Hace exactamente un año quise probar otra forma de hacerlo. Ponerme un reto personal: hacerlo, sin falta, todos los días.
Salir a pajarear cada día —sin excepción, sin excusa, sin aplazo— es diferente: se convierte en un pacto. Con el mundo natural. Con el cuerpo que camina. Con el alma que insiste. Con la posibilidad —siempre incierta— del asombro.
Cuando tomé la decisión de pajarear todos los días, no lo hice por una meta numérica. No me dije: “Voy a llegar a tal número de especies”. Me dije: “Voy a salir”. Pensé que bastarían quince minutos. Una esquina verde. Un ave conocida.
Pero esos minutos se expandieron… Se volvieron ritual, respiro, refugio. Me enseñaron que incluso cuando las aves no se dejan ver, algo se transforma si uno se detiene un instante a mirar el mundo.
Pajarear todos los días me hizo conocer mi país como nunca antes. No con mapas ni rutas turísticas, sino con barro en mis botines y binoculares al cuello.
Me llevó a las salinas de Cocorocas, donde el calor se pega a la piel y los correlimos migratorios se mezclan en una vorágine. Me arrastró por los humedales de Caño Negro, ese universo flotante donde se camina sobre el agua y la variedad de aves y paisajes nos dibujan un Dios artista.
Me hizo atravesar los bosques inclinados de Upala, la pampa seca de Guanacaste, los bordes brumosos de San Gerardo de Dota y las alturas del Chirripó. Allí, en el punto más alto de Costa Rica, vi volar el silencio. Y lo escuché.
Sarapiquí me regaló la Agami, perchadas en centenas, haciendo un ruido ensordecedor… En Turrialba vi cotingas. En los cafetales, vi pinzones. En las montañas, quetzales.
Las aves me llevaron a lugares donde nunca habría llegado por mí mismo. Y una parte mía se quedó en cada sitio. Como si el país, al ser recorrido, me fuera reclamando también como suyo.
No todas se dejaron ver fácil. Algunas requirieron de la búsqueda, de la perseverancia… Otras, no se dejaron ver.
A veces la vida no responde al deseo. Responde al estar. Al estar realmente. No como quien busca, sino como quien se ofrece.
Hoy, 31 de julio de 2025, cumplo un año exacto de pajareo diario. 365 días seguidos. Sin faltar. Sin saltar.
En ese tiempo, vi 527 especies distintas. La mayoría no en viajes lejanos, sino en mañanas normales, caminando cerca de casa, o en un rato robado entre clases.
Hoy mi lista de vida asciende a 554 especies observadas. Más de la mitad de las 930 aves presentes en Costa Rica.
Cada una vista, nombrada, anotada. Algunas con Karla a mi lado. Otras con Justo, con Diego, con Braulio, con Sandro, con Merari, con Emily, con Larissa. Algunas con mis hijas. Algunas en solitario, pero nunca solo.
Esa cifra es, también, la crónica de una forma de estar. Una forma de mirar. Una forma de amar la vida.
No siempre fue fácil. Hubo días con pocos trinos o con pocas ganas. Sin luz. Sin movimiento. Hubo salidas en la lluvia, en el cansancio, en la tristeza.
Hubo días en que solo vi palomas, comemaíces, bienteveos. Y sin embargo, esos días fueron también parte del pacto.
Porque el pajareo diario no trata de ver algo extraordinario, sino de recordarse a uno mismo que lo extraordinario puede estar en lo cotidiano. Y que solo lo ve quien va. Quien está.
Observar aves cambia la percepción del tiempo. Donde antes había días idénticos, ahora hay texturas:
La luz del amanecer en enero no es la misma que en mayo. La llegada de las migratorias marca la danza del planeta.
Ya no necesito calendario. Tengo alas. Tengo cantos. Tengo plumas en la memoria.
Las vivencias no llegan a la lista de aves. Pero cada observación es una experiencia íntima y memorable.
Como cuando me encontré con un cuclillo sabanero en Rincón de la Vieja. Se detuvo. Me miró. Y por un instante, no hubo distancia entre nosotros.
No fue un avistamiento. Fue una comunión.
Y entendí algo que salir a pajarear me ha enseñado lentamente: las aves no nos pertenecen. Nos toca solo estar. Con humildad.
Y sí. Ahora puedo decirlo con firmeza: Este año vi 527 especies distintas. Y con ellas, tejí una vida entera.
Hoy mi lista asciende a 554 aves, pero esa cifra es apenas la superficie. Lo que no se cuenta es lo que más importa.
Este año no fue solo el más constante. Fue el más fértil. No porque vi más. Sino porque aprendí a ver mejor.
Porque las aves me enseñaron algo que el mundo se esfuerza en olvidar: que estar presente, de verdad presente, es una forma sagrada de amor.
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